Mostrando entradas con la etiqueta perdón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta perdón. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de diciembre de 2011

Ampliación de conciencia, el hijo pródigo

El primer contacto que tuve con el “hijo pródigo” fue en 1997, cuando en un intercambio de regalos navideño un seminarista me dio una réplica de un segmento de la pintura, donde está el hijo de rodillas y es abrazado por el padre. Me sentí perdonado y con una nueva oportunidad en mi andar. Volví a tropezar y el padre amoroso nuevamente me acogió en sus brazos, y otra vez volví a tomar mi herencia y me marché.
Sin embargo, nuevamente la malgasté y el padre volvió a recibirme en sus brazos y esta vez me prometí no volver a fallar, me cambié el nombre, me esforcé a lo máximo de mis capacidades y recuperé mi vida, el amor tocó a mi puerta nuevamente y busqué cumplir las reglas, ser buen hijo, buen esposo, hasta buen ciudadano y cuál fue mi sorpresa que al escuchar el compartir de George sobre la pintura completa, me di cuenta que seguía siendo parte de ella, pero ahora me había levantado del regazo del padre para colocarme al lado, como el hermano.
El “buen hijo”, el que se enaltece por la fortuna que le da la vida y critica al que recibe sin merecer, al que recibe del padre después de gastarlo todo, con la poca memoria que deja un ego fortalecido, que se acostumbró a mostrar sus cicatrices, mas no las heridas que todavía sangran.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Cuando confundo perdón con olvido

¿Cómo puedo confiar en alguien si conozco la naturaleza del otro a través de mis propias debilidades?  

Cuando puedo ver con claridad esta pregunta, entiendo que he vendado los ojos a la inocencia.
Si me sigo sintiendo culpable por lo que sé he hecho, ¿puedo demandar justicia cuando he sido injusto? ¿puedo demandar integridad cuando me he corrompido?
No importa si fue ayer o hace veinte años, esa voz dentro de mi hace que cuando me encuentro frente a una situación que me recuerda algo que no me he perdonado, me coluda (me quede cayado) o que cuando demande lo que es necesario, me sienta vacio, invitándome a no seguir mas.
No es necesario apedrear a la mujer pública, - el que esté libre que arroje la primera piedra- solo invitarle a que no se denigre más.
Hablo de la que vemos en los demás y de la que en ocasiones ocultamos en nuestro interior. Perdonar nuestra fragilidad y elegir no denigrarnos más… en cualquiera de sus formas.
Perdonar no es olvidar.

¿Cómo puedo saber entonces cuando he perdonado?